
Otra vez lo habían hecho mal, la posibilidad de ser interrumpidos en cualquier momento no le había permitido a ella concentrase en el sexo. En la habitación no entraba la luz y la cama pequeña se le tornaba aún más incomoda sin las ganas del caso, estaba seca, dispersa y seca. Ya no la excitaba nada de él y eso los irritaba a ambos.
Se había quitado brusco y había comenzado a vestirse aún dentro de la cama. No podía acabar así que ninguno de los dos acabaría, se debían otro final y no ese.
Él la miró con sus ojos de perro furtivo resignado como diciendo: ¿ otra vez?.
o peor aún: ¿ Tanto asco te doy?
Se sentía sola contra el respaldo de la cama, sola, cansada, agobiada, rutinaria, sola, con ganas de otros hombres de otra vida, de libertad, sola y empezando a llorar, empezando y terminado al unísono porque estaba seca y sola. Eva, la primera y la ultima de todas, sola.
Se miraban con el desprecio que da el amor cuando se termina y afuera los golpes en la tierra, los pasos tras la puerta, los murmullos, la historia a buscando a sus culpables: el final.
- ¿ Cuantos Holocaustos son necesarios para demostrarte cuanto te amo?-
Le habría dicho Hitler en ese sótano de Berlín antes de pegarse un tiro.