lunes, 4 de junio de 2012

LA ESCAPADA


La lluvia tamborilleaba sobre el  techo de la cabaña y cada vez más seguido un rayo iluminaba la habitación y a los pocos segundos el respectivo trueno estremecía los cuerpos.
Se habían escapado el fin de semana, escapado de todos, nada de teléfonos. La casa sola, en el bosque solo, a  treinta kilómetros del pueblo más cercano.  
Mara hundía sus dedos en la cabeza de Manuel, trayéndolo más hacia su vientre.
Él la espiaba cada tanto por la mirilla de sus pezones, sujetando sus piernas, apretándolas, sin dejar de  hacer eso que ella alentaba con pronombres indefinidos. La boca siempre  es la abundancia.
Por las ventanas empañadas por ese único animal jadeante que formaban, ella creyó ver a alguien mirando hacia adentro. Rápidamente se lo sacó a de encima y le pidió que investigara.
Después de un breve, pero intenso forcejeo verbal, Manuel accedió y al acercarse a la ventana solo pudo ver el auto acurrucado  cerca de la puerta. Aseguró que las sombras de los árboles eran los que habían asustado a Mara.
Ella no se conformó e insistió en que revisara y  trabara mejor las puertas y ventanas. Hecho todo esto, volvieron tímidamente a los besos, pero ya vestidos  no superaron ese umbral. Se abrazaron en silencio sin dormir y se quedaron de esa manera unos minutos hasta que la alarma del auto los asustó.
Ella fue la primera en levantarse y juró ver a alguien corriendo hacia el corazón del bosque.  La lluvia había aumentado y el control remoto de la alarma no la desactivaba.
Pese a que ella le insistió que no saliera, él la desoyó por miedo a quedarse sin batería y varados a 30 km del pueblo. El chillido se esparcía por todo el bosque, rebotando en cada árbol y cada rama ganando volumen.
Abrió la puerta, apuntó contra el auto, salió un poco más hasta el borde del alero, apuntó y nada, fue al volver del coche una vez apagada la alarma que se patinó. El sonido de la cabeza sobre el cemento  se escuchó aún sobre la copiosa lluvia.
Mara corrió a su lado y al abrazarlo  y notó que no reacciona. La lluvia la desnudaba, todo el cuerpo ajustado respiraba agitado bajo el camisón. 

-¡Ayuda!- ¡ Por favor te doy lo que quieras pero ayudanos!. Por favooooor ¡Mi novio se golpeó la cabezaaaa ayudameee.!

Lento pero firme la que se presentaba como una sombra de un árbol se describió como una  figura humana que se acercaba a ella llevando algo largo en la mano derecha, algo metálico que brillaba con los relámpagos. Al acercarse más notó que lo que parecía un caño era una escopeta y la figura humana era una mujer.

- ¿Tu novio?-

martes, 22 de mayo de 2012

Elizabeth

 - Está bien. Llevalo, pero tené mucho cuidado- me dijo mi padre buscando los documentos del auto en su billetera.

Tenía ganas de abrazarlo, de dar saltos, de arrodillarme a sus pies a festejar, sin embargo esperé serenamente a que me diera todo, dejé que me pichara con sus indicaciones, algunas humillantes como: prendé las luces, no dejes las luces prendidas cuando bajes, fijate en dónde lo dejas estacionado que no te lo lleve la grúa.
Pero yo estaba feliz no solo porque era la primera vez que me prestaban el auto de noche sino porque lo había pedido para salir con Elizabeth Plotnik.
Elizabeth era fresca, bella, judía e inteligente, pero sobre todas las cosas algo con lo que potenciaba todo lo de más: tenía los pechos más grandes que había visto en mi vida.
Me había llevado cinco mes hacerme su amigo y casi dos cuatrimestres para que aceptara salir a cenar solos, lejos de cualquier excusa facultativa.
Me vestí y perfumé como el evento lo ameritaba y estaba tan ansioso por verla que llegué a su casa media hora antes y tuve que estar dando vueltas por su barrio hasta que se hiciera la hora pautada.
Le toqué el timbre en punto, pero ella demoró unos veinte minutos en bajar, estaba un poco seria, bellísima, enfundada en un vestido corto rayado.
Cuando se sentó en el asiento del acompañante y se colocó el cinturón de seguridad tuve la impresión de que los botones superiores del vestido iban reventar y sacarme un ojo. Le hice un comentario gracioso sobre un profesor de Sociedad y Estado, su risa resonó. A partir de allí la charla fluyó hasta el restaurant.
Estacioné casi en la esquina mitad en cordón amarillo mitad no. La cuadra estaba repleta y no quería hacerla caminar, había llovido durante todo el día y si bien ya no, mi sexto sentido me decía que al salir volvería a llover, un trapito me hizo señas de que todo estaba bien, le di diez pesos y me dijo que se quedaba toda la noche.
Entramos tranquilos, tanto que hasta  me animé a poner mi mano en su hombro.
Mientras Elizabeth iba al baño después de terminar la cena, posiblemente a cagar por el tiempo que se tardó, aproveché para pedir la cuenta y de una manera galante sorprenderla a su vuelta. Ella había elegido el lugar y había sido una pésima elección, caro y malo.

-       ¡Bien el lugar! – Le dije mientras volvía a sentarse.

Me di cuenta de inmediato que los dos botones superiores del vestido no habían podido soportar más la presión ofrecida por sus pechos y habían desparecido.
Con su mano en mi brazo me contó muy tentada sobre un graffiti que había leído en el baño. Yo no quise ser menos y tomándola también del brazo y le empecé a contar  uno de esos chites clásicos de ¡mamá mamá!. Ella me miraba riéndose antes de que yo arrancase, presuponiendo que iba a ser mucho más gracioso que el de ella y de hecho el de ella no era nada comparado con lo que yo iba a contarle .

-       ¡Mamá mamá! ¿por que festejamos la Navidad en Agosto?- Sus ojos ya lagrimeaban de la risa, la respiración le inflaba el pecho. Desbordaba.
-       Porque con el cáncer de mierda que tenés no llegamos ni a octubre- Yo no podía parar de reír

-       Mi abuela murió de cáncer a principios de año - Su cara se había transformado y lo que unos segundos antes era una fiesta se volvió un silencio incómodo.
La sangre comenzó a correr por mis mejillas. No tenía manera de pedir perdón.
Salimos del Restaurant y ni notó que había pagado la cuenta. A lo poco de andar empecé a desesperarme porque no veía el auto, una camioneta ganaba la esquina en la que lo había dejado, del trapito ni noticias aceleré el paso hasta la esquina y detrás de la 4x4 estaba asomado tímido el Peugeot de mi viejo.  Elizabeth empezó a reír.

-       ¡ Te pusiste blanco!. Los dos reímos, me abrazó fuerte pude sentirla sobre mi, me besó entre la mandíbula y el cuello.

Encaré para el río haciéndome el que buscaba un bar por esa zona oscura donde van las parejitas a besarse y a tener sexo. Apagué las luces para no molestar a los demás y noté que los autos estaban muy pegados a los bordes de la vereda.
Me dije: ¡ Qué tontos son todos! Nadie va por el medio a la parte más linda donde se ve el río.- Pero como ya dije había llovido durante todo el día y el camino de tierra se había vuelto un pantano, cosa que no pude apreciar con las luces apagadas.
No deslizamos un poco de lado antes de detenernos. Mientras más aceleraba más nos enterrábamos.
En todo momento  yo quería transmitirle seguridad, sin perder de vista sus piernas, pero estaba muy preocupado.
Cuando me bajé para contemplar la situación me hundí hasta casi las rodillas, al dar el primer paso perdí una zapatilla. Contemplé el auto desde atrás y no podía creerlo. Las ruedas traseras ni se veían. El barro llegaba al paragolpes.

-       ¿Y está muy mal?- pregunto asomándose por la ventana.

-       Masomenos – Mi noche se había hundido con el auto. Al intentar volver a asiento
me patiné dos veces cayendo de espalda sobre el barro. Una luna deforme se asomaba por el escote de dos nueves negras. Empezaba a llover.


martes, 15 de mayo de 2012

La llamada

Lloraba en el teléfono su interminable tanguito de los sueños rotos y la desdicha simbiotica.. Desde hacía seis meses estaba metida en una relación a mis espaldas y yo como el cornudo de la fiesta que sin poder responder nada, escuchaba los detalles de sus excusas: Vos no sabés lo dificil que es para mi, que esto es más dificil para mi que para vos, que no te imaginás lo feo que es estar desnuda abrazada a él y ver tu cara en la oscuridad increpándome. De pronto oigo a través del tubo como él entraba a la casa, le daba un beso, le preguntaba algo. Tengo que irme me dijo, lo siento. Me imagino, fue lo único que alcance a decirle antes que me corte. El odio se me sumo a las ganas de mear, había tomado mucho mate corrigiendo unas pruebas y medieron ganas de mearles el colchon, mearlos a los dos mientras dormian yo todavia tengo las llaves de su casa pensé. Por suerte el viaje era largo así que me metí al baño a buscar en los azulejos mas altos alguna respuesta mientras me vaciaba.

martes, 17 de abril de 2012

MEDIAS


Faltaba uno, después de contarnos nos dimos cuenta que nos faltaba uno.
Era otro verano familiar en la misma playa en que nuestros padres se habían conocido, a la que habían ido juntos cuatro años de novios, la misma en la que habían pasado su luna de miel y diecinueve vacaciones de casados, la misma sospecho, en la que concibieron a mi hermano mayor Javier, que en aquel momento había ido a buscar a ese que nos andaba faltando.
Hasta ahí, la tarde había sucedido con total normalidad. Carpa por carpa, sombrilla por sombrilla mi hermano había recolectado a los jugadores. Maridos, padres, hijos, novios, a veces con el visto bueno de sus familiares y otras no.

- ¡ cuando vengas todo lastimado vamos a ver! –

- Anoche te quejabas de la pierna ¿vas a ir a jugar al Futbol?-

Siempre el mismo ritual todos los días que duraba el verano.
Los equipos se iban renovando con la incorporación y la partida de turistas. La confección de los mismos no esquivaba el azar considerando que en su mayoría era gente que nunca se había visto y se elegía por la cara o por algún atributo o falta de atributo físico.
Es así como surgían los apodos en la cancha: Colo, Visera, Melena, Rulos, Pelado, Flaquito, Rojo, Verde o Negro según fueran los colores de sus mallas.
Debo reconocer que mi hermano tenía un don especial para separar a los buenos de los malos jugadores y siempre elegía para nuestro equipo a los malos.
Sin saberlo ellos eran reclutados para redimir su condición de pataduras en un fútbol playero a las cinco de la tarde en una playita del culo del mundo. Javier era generoso y bravo en su juego casi nunca perdíamos.
Esa vez nos faltaba uno para ser pares, éramos quince y mientras algunos se pasaban la pelota que mis padres me habían regalado para mis dieciséis y otros estiraban o hacían qué, mi hermano iba sin éxito mendigando por toda la playa ese jugador para nuestro equipo.
Yo era el único que lo miraba cuando alzo los brazos: la búsqueda había concluido. Avisé a resto y volví la cabeza. Detrás de una sombrilla de tela verde y roja emergió Él, un hombre de cuarenta y pico, morocho de frente prominente y cubanas. Llevaba puesta una musculosa blanca de camiseta, mató la lata de cerveza de un trago apasionado y salió trotando detrás de mi hermano, la panza como un globo se batía a cada paso.
Cuando estuvo a menor distancia pude ver que sus piernas eran peludas y llevaba medias blancas de caña alta. Los que estaban a mi lado se sonrieron.
No le pasaron la pelota ni para que viera como estaba de dura o de inflada.

-Che, Medias, vos jugas abajo con el pibe- dijo uno, el pibe era yo.

Nos saludamos con la cabeza y no hubo tiempo para más, el partido arrancó complicado, sobre todo para mi. Al verme más chico todos los rivales atacaban por mi lado y me hicieron correr mucho en muy poco tiempo.
Medias acompañaba caminando por el fondo, esperando entrar en acción, pero la pelota nunca le llegaba.
Mi hermano se desvivió por sacar adelante al equipo, pero nuestros compañeros era especialmente malos, se perdían goles imperdibles. Uno de malla verde se había pateado, el mismo, su pie de apoyo al intentar mandar un corner rápido para sorprender al otro equipo.
También teníamos al Colo que le pegaba con las dos piernas, horrible con ambas.
Después estaba el gordito de espalda peluda que después de un pique de cinco metros se acalambró y debido a esto unilateralmente decidió irse de la cancha dejándonos otra vez con uno menos, pese al pedido de mi todos de que por lo menos se quedara al arco.
Aún así mi hermano y yo manteníamos el juego empatado en dos.
Cuando el partido iba decantando su parte final, después de varios despejes y rebotes Medias se encontró por primera vez con la pelota, solo, cerca de nuestro arco. Un rival se le fue encima antes que él pudiera controlarla, pero lejos de perderla, Medias sutilmente se la pasó entre las piernas, el otro se hundió en el suelo levantando arena blanda a su paso. Avanzó un poco dominado la pelota que serpenteaba por las huellas de la cancha, otro se le tiró a los pies, pero Medias lo sorteo con un sombrerito. El Colo se la pedía por la punta levantando y sacudiendo los brazos con un gesto de estoy solo, estoy solo, la pelota había caído en un huella profunda cuando otro rival se le fue encima pegándole una patada a mitad de la media derecha mientras él, con la izquierda se la ponía en la cabeza al Colo que definió blandamente a las manos del arquero.
Medias, no era de los que se quejan de los fules o inventaba manos, se levanto aceptó las disculpas del rival y volvió a mi lado en la defensa rengueando. La arena pegada al sudor de su cara parecía un maquillaje de carnaval y brillaba con el sol de la tarde.
Con la pelota dominada en la mitad de la cancha uno del otro equipo dijo:

- Gol gana- y todos aceptamos.

Javier robó la pelota y salió atropellando a todos hasta quedar mano a mano con el arquero quién con un esfuerzo sobrehumano logró sacar el remate que se le metía por abajo. La arena amortiguó la volada. Sonaron aplausos.
Javier mismo fue a patear el corner. La pelota paso alta por sobre la cabeza de todos los que esperábamos en el área y alta pero no tanto para Medias que venía desbordando solo por detrás.
Todos vimos como su panza de globo se estiraba en el aire para llegar al balón con una tijera perfecta poniendo la pelota que mis papás me habían regalado para mis dieciséis contra la ojota que hacía de palo. le costó levantarse, pero todos fuimos a saludarlo. El partido había terminado.
Cuando fuimos al agua le sangraban los pies, me dijo que era dentista y que se le había muerto un hijo.
Javier me gritó para que fuéramos detrás de las olas más grandes, cuando una me revolcó hasta por la orilla vi a mi hermano salir del agua, la cara llena de gotas, el pelo aplastado hacia atrás, su malla pegada a las piernas chorrenado, Medias yo no estaba ahí.

sábado, 3 de marzo de 2012

El colado II



II

Me colgué de la medianera asomando apenas la cabeza, el patio seguía a oscuras. Retrocedí, hice mi carrera, pero no pude lograrlo, no tenía fuerzas, la pared desde afuera parecía más alta además había enjuagado bien el pantalón en una canilla vecina y eso también me dificultaba el salto.
Tirado en la vereda de enfrente encontré el armazón de un televisor, lo puse cerca de la pared para usarlo de escalón, pero no soportó mi peso. Tenía que buscar otra manera de entrar a la casa y tocar el timbre no era opción.
Me senté en el cordón, camine por enfrente, di una vuelta a la manzana y decidí intentarlo otra vez.
El patio estaba a oscuras, la casa también, pero se oían voces, de repente una pequeña luz fue bañando las paredes y descubriendo siluetas.

-¡ Qué los cumplas feliz, qué los cumplas feliz! ¡ Qué los cumplas: Nikki, qué los cumplas feliz! -

Sopló, una de las dos velas siguió destellando, sopló otra vez. Apagón incómodo y aplausos. Alguien en la oscuridad buscaba mi mano, me asusté.

-¿ Nos sacás una foto?- Asentí con la cabeza y comencé, poseso, mi lluvia de flashes, para un lado, para el otro, tratando de cegar a todo el mundo, de borrarme de sus memorias. Me adueñé de la cámara y cada tanto revisaba en el menú, para saber si era la que me había retratado, pero no era.
Nikki empezó a preguntar por Andy que no aparecía por ninguna parte y que no aparecería vivo.
Seguí con las fotos, mientras más fotos hubiera, más pasaría desapercibida la que me habían sacado. Algunos posaban otros no.
Fui hasta el baño, la luz estaba encendida, afuera había cola. Salió un joven revisándose la bragueta y refregándose la nariz, lo retraté y me palmeó el hombro al pasar. La despensa estaba vacía, disparé una foto al azar, entré al escritorio, contra la pared vi un tumulto, una rodilla, una teta perdida fuera del corpiño, saqué una foto y volví a la pista.
Dejé la cámara en la mesa y me serví una copa de vino, una mujer a mi lado estaba en lo mismo. No era linda, pero besaba bien, cada vez que abría los ojos, veía al tal Lobito vigilándome desde un ángulo distinto.

-No conozco a nadie, vine con una amiga que se fue con un flaco mientras soplaban las velas y no me avisó nada ¿ vos?-

Un grupo de seis se despedían de todos a viva vos, se iban. La tomé de la mano y salimos.
En la calle clareaba, nos abrazamos, nos besamos, hacía frío y me di cuenta que había dejado la campera adentro con la billetera y los documentos, estaba por tocar el timbre sin soltarla de la mano, cuando un patrullero estacionaba silenciosos frente a nosotros con la batidora prendida, el que manejaba miró mi pantalón todavía empapado.

jueves, 1 de marzo de 2012

Los sinsabores del verdadero policía


Si bien, el libro es una chantada de los editores que agarraron un monton de textos ineditos de Bolaño y dijeron esto es casi el libro, él lo hubiera querido asi, de no haberse muerto antes le encantaria sacar a la luz una novela borrador(¿?). En fin, si bien eso que es un chamuyo total, este libro tiene un capitulo, uno solo que me emocionó mucho, en el que se ve a un Bolaño entrañable, y ese capitulo de seis carillas, ese en el que Amalfitano piensa su vida, hace que valga la pena todo lo demás.

martes, 14 de febrero de 2012

EL COLADO I


I

Cuando mis pocos amigos de toda la vida empezaron a casarse y sus mujeres a traer hijos al mundo me quedé totalmente solo; ni un llamado, ni una visita ni siquiera un abrazo a la distancia desde un mensaje de texto.
Empecé entonces a deambular en las noches de Rosario tratando de conocer lugares nuevos, probar comidas distintas, ver teatro y cine actual, cosas que me hicieran mejor persona, con el único fin de conocer alguna mujer con la que casarme y tener un hijo para de esa manera volver a ser aceptado entre mis amigos.
La cantina en la que había cenado había quedado varias cuadras atrás cuando me topé con una hilera de mujeres entrando en una casa antigua. Me puse detrás de la última automáticamente, sin pensarlo.
Al entrar dos de ellas se voltearon y una le preguntó a la otra.

- ¿ Y este quién es?-

- El primo Marto- contestó con la certeza inapelable de los libros de historia. Yo asentí con la cabeza.

Entrando al hall tuve que hacer un esfuerzo muy grande para no mirarme en el espejo del recibidor, por miedo a ver en él a otra persona que no fuera el primo Marto. La llave giró a mis espaldas mientras retardaba el quitarme la campera, siguiendo a cierta distancia a las dos mujeres que se sumergieron en una cortina de paño verde olivo.
Detrás de la cortina se descubrió una enorme sala de unos veinte metros cuadrados repleta de invitados. Nadie me notó.
A primera vista supe que la fiesta estaba dividida en al menos cuatro grupos separados. Los fumadores cercanos a la puerta del patio, las parejas despatarradas en los cómodos sillones del chill out, una gran mayoría bailando en el centro de la pista y los bebedores a la izquierda junto a una larga mesa repleta de botellas de vino y tres choperas de cerveza alemana.
Perderse en la pista hubiera sido lo más sencillo, pero no he sido favorecido por el don de la danza, me corrí hacia la izquierda y comencé a tomar cerveza.
Dos hombres de mi edad, reían acaloradamente por los resultados de un partido de tenis, mientras que otro, claramente alcoholizado, les hacía señas obscenas con la corbata. Los esquivé camino a una copa de vino y quedé frente a una pareja que discutía sobre su vida sexual, ella le recriminaba el ser un eyaculador precoz, mientras que él le decía algo así como que el problema era que ella le gustaba mucho. Impresionado empujé el vino hasta el fondo de la garganta, bajó raspando.
Tenía pensado permanecer en la fiesta y hacerme de alguna señorita, pero mi permanencia en la misma solo era viable si lograba evitar al, o los, dueños de casa. Debía averiguar quienes eran. Alcé la vista y creí encontrar la respuesta donde un tumulto de gente saltaba al ritmo de una canción monótona, copa en mano pasé lateralmente entre ellos. Algunos canturreaban un feliz cumpleaños en el que se nombraba a una tal Nikki. Los vestidos se inflaban, había hermosas piernas.
Después de varios empujones de caderas bailando llegué hasta el sector de los sillones, quedé de espalda a ellos, mirando hacia la pista, pero intentando oírlos.
Una joven hablaba de lingüística general y se notaba que se sentía muy intrépida al hacerlo y si bien era muy tonta algunos hombres acotaban con admiración, pero su admiración se notaba, hasta sin verlos, era de deseo. Me dije: esta mujer tiene que ser digna de verse, giré sobre mi mismo, mareándome un poco, pero pude reconocerla, era realmente bella, llevaba puesto un vestido negro muy corto, unas piernas encantadoras que cruzaba y descruzaba según de que lado viniera la voz que la consintiera.
Me miró y me sentí al descubierto, podía ser la dueña de casa. Baje la vista y encaré hacia la puerta del patio, saqué un cigarrillo y me puse a fumar, alguien me pidió fuego, le pasé el encendedor sin mirarlo ni contestarle.
El fresco del patio me hizo cosquillas en las piernas inmediatamente me di cuenta que me estaba meando, tenía que buscar un baño de manera urgente.
Atravesé la fiesta otra vez, crucé la cortina verde olivo y doble a la derecha.

- Todas estas fiestas tienen un muerto, la diferencia es que esta vez nos toca limpiarlo a nosotros, ¿ entendés Lobito?- Un hombre le decía a otro cacheteándolo en el pasillo, la puerta del baño estaba abierta, la luz encendida. Al notar mi presencia ambos entraron cerrando con llave.
La palabra muerto, me sacudió, quizás me quitó un poco la borrachera, pero no la necesidad de encontrar otro baño.
Entré en una habitación, era un escritorio, luego en otra, una despensa, más allá había una cocina con personal uniformado que preparaba copas y sanguches en silencio, ninguno me notó.
En el piso de arriba solo me encontré con una puerta cerrada, pensé seriamente en descargarlo todo ahí mismo, pero ¿ y si alguien me descubría?, ¿si alguien notaba que me había colado en la fiesta?.
Al bajar la escalera un pensamiento me decantó de golpe: yo era el único que no pertenecía a la fiesta, en la fiesta habían matado a alguien, por ende era el único a quien culpar de un asesinato, el único sospechoso, el que vino de afuera, el extranjero, pero ¿ era el único?, tampoco lo sabía.
Tenía que irme sin ser notado, sin ser recordado. Traté de abrir la puerta de calle, pero no pude. Una puntada eléctrica me retorcía , me asomé por la cortina, la fiesta estaba en piloto automático, luego me asomé al pasillo y por el vidrio esmerilado de la puerta del baño se distinguían movimientos bruscos.
Volví al escritorio buscando un tacho de basura donde descargar. Nada. Traté de abrir un armario, después de forzarlo lo logré, pero me quedé con la puerta en la mano, la dejé por ahí. Estaba repleto de cajas, ¿ y si abría una y orinaba dentro?. No, para eso sería mejor hacerlo directamente en un rincón, contra la pared.
Me estaba bajando los pantalones cuando un ruido detrás mío me asustó. Salí al pasillo no había nadie, en el baño seguían los ruidos, me metí en la despensa, ni tacho, ni balde, ni nada. Descorrí la cortina y levanté lentamente la persiana, se veía la calle a través de una reja gruesa. Si tan solo lograba abrirla, podría orinar contra la reja hacia afuera y después más tranquilamente, esperar a que alguien se retirara de la fiesta para salir detrás de él de la misma manera en la que había entrado.
El vidrio no cedía, estaba totalmente trabado. Otra vez un ruido a mis espadas me detuvo, me pareció ver la sombra de alguien perdiéndose en el pasillo como si me hubiera estado observando hacer fuerza con la ventana, meándome encima.
Salí a la fiesta otra vez, decidido a irme, estaba a punto de desbordar. Atravesé la pista, alguien me retuvo, un flash se descargó sobre mi, sentí como su mano resbalaba por mi brazo. Fui hasta la puerta del patio, no había nadie en ese sector, miré hacia afuera y vi la medianera, tenía que saltarla.
Disimuladamente me apoyé en la llave de luz, pero encendí el motor de la pileta, toqué otra llave y apagué la luz, amagué a sacar otro cigarrillo para fumar, miré hacia los lados por encima del encendedor, nadie me miraba.
Salí corriendo recto hasta la medianera, pegué un salto desesperado y mientras me iba izando feliz en la sima de la pared, sentí todo el calor del meo recorriendo el pantalón, la pierna y el tobillo derecho.
Corrí más de diez cuadras antes de darme cuenta que me habían fotografiado, tenía que volver a la fiesta